Dom. Ene 16th, 2022



La situación en el país del Cuerno de África se ha vuelto cada vez más dramática tras la prórroga de las elecciones y el aumento de las tensiones políticas. Las ONG advierten: casi 8 millones de personas estarán en riesgo en 2022.

Francesca Sabatinelli y Alessandro Guarasci – Ciudad del Vaticano

Somalia se hunde en una nueva crisis política. El país, ya devastado por una profunda tragedia humanitaria, minado por la violencia de grupos yihadistas, como Al-Shabaab, vinculado a Al Qaeda, se enfrenta en las últimas semanas a la fuerte tensión entre el presidente somalí, Mohamed Abdullahi Mohamed Farmaajo, y el primer ministro del país, Mohamed Hussein Roble, suspendido de sus poderes por el presidente, el pasado 27 de diciembre, por un supuesto caso de corrupción.

Las elecciones prorrogadas

El antecedente es la cancelación de la votación prevista para el 10 de octubre del año pasado, que ya había sido prorrogada varias veces. El mandato de Farmaajo, que expiraba el 8 de febrero, había sido prorrogado por dos años por la Cámara Baja, pero esta decisión había sido rechazada por el Senado al considerarla inconstitucional por falta de aprobación de ambas cámaras. Esto provocó el estallido de una grave crisis política, con enfrentamientos entre facciones opuestas del ejército el 25 de abril, que dejaron una decena de muertos, la mayoría de ellos soldados. A finales de abril, Farmaajo renunció a la idea de prorrogar su mandato, por lo que encomendó a Roble la tarea de dirigir los preparativos de la votación, que siempre se pospuso hasta la enésima crisis, la de las últimas semanas.

La comunidad internacional

Roble y la oposición acusan a Farmaajo de intentar un golpe de Estado, con la destitución del primer ministro y el reciente fuerte despliegue militar en Mogadiscio. El país se ha sumido así en una nueva crisis política que ha suscitado la preocupación internacional. Las Naciones Unidas, la Unión Africana y la Unión Europea, así como Estados Unidos, piden una solución basada en el diálogo y que se evite cualquier provocación o uso de la fuerza que pueda socavar la paz y la estabilidad.

Violencia yihadista

En esta difícil situación, continúan los ataques del grupo Al-Shabaab, facilitados, según muchos, por la crisis y el estancamiento electoral. Los yihadistas, expulsados de la capital por la Unión Africana en 2011, siguen controlando amplias zonas rurales y realizan regularmente atentados en Mogadiscio. Hace unos días se produjo un atentado en la región costera de Lamu (Kenia), en la frontera con Somalia, en el que murieron seis personas. Por desgracia, es la amarga reflexión de Giuseppe Cavallini, Director de la revista Nigrizia, mensual de los misioneros Combonianos dedicada al continente africano y a los africanos en el mundo, «no hay ninguna esperanza de que las cosas se resuelvan fácilmente, parece que vamos hacia una nueva espiral de violencia». El temor de Cavallini es que este enfrentamiento entre las fuerzas del presidente y del premier acabe por «dar la voz a los militares», que de hecho nunca han salido de Somalia.

Pandemia, sequía y malnutrición

La gran esperanza de muchos, «también para nosotros en Nigrizia», sigue diciendo Cavallini, era que después de tanto sufrimiento, Somalia pudiera empezar a hablar de los inicios de una sociedad democrática, pero desgraciadamente los hechos demuestran lo contrario. Desgraciadamente, sin embargo, los hechos demuestran lo contrario: «La situación -continúa el director de Nigrizia- está degenerando y todo ello está asociado a la violencia de Al-Shabaab, que, incluso durante 2021, ha seguido perpetrando atentados en todo el país, incluida la capital. A todo esto, hay que añadir la cuestión de la pandemia, que no se ha abordado en absoluto; la sequía en el sur, cada vez más catastrófica, con cientos de miles de niños en riesgo de morir de hambre; las invasiones sistemáticas de langostas que provocan el desastre; los dos millones y medio de desplazados internos y el millón de refugiados en los países vecinos: Etiopía, Eritrea, Kenia.

El campo de Dadaab

Los millones de personas que abandonan sus hogares en Somalia lo hacen para escapar del hambre, la pobreza y la violencia yihadista. Uno de los campos que acoge a los somalíes que huyen es el de Dadaab, en Kenia, en la frontera con Somalia, considerado el mayor asentamiento de refugiados del mundo, abierto en 1991 para acoger el flujo de somalíes que huían de la guerra civil. En la actualidad hay tres campamentos que albergan a unas 218.000 personas, pero en los últimos años el número ha aumentado a 330.000. En Somalia no sólo hay un problema de inestabilidad política, explica Luciano Centonze, de la ONG Cefa, presente en el campamento, «hay un problema de movimientos de población debido a las crisis ambientales, por lo que los refugiados internos que se desplazan a otras partes del país, y que crean una presión considerable desde el punto de vista de la convivencia y creando una necesidad de alimentos en zonas que ciertamente no son afortunadas, en el norte hacia las zonas de Puntlandia y Somalilandia». Junto a los movimientos internos, están por supuesto los que salen del país, especialmente hacia la frontera con Kenia, hacia el campo de Dadaab y hacia las rutas migratorias, que atraviesan el Sahel para dirigirse a Europa.

Crisis humanitaria en 2022

Los que viven en los campos, por desgracia, también tienen que soportar las graves consecuencias para la salud. La más grave, explica Centonze, es la creada por la «inseguridad alimentaria». Hay grandes problemas de malnutrición, ya que el creciente cambio climático y la sequía amenazan el acceso a los alimentos. Las condiciones sanitarias generales no son ideales, por lo que de vez en cuando estallan epidemias de cólera, sin olvidar, por supuesto, la pandemia de Covid que, en realidad, aún no está claro qué efecto ha tenido en el país, ya que la capacidad de verificación de los contagios es muy limitada». Pero sobre todo está el problema de la malnutrición, que afecta a millones de personas, especialmente a los niños que mueren de hambre o de falta de agua. La sequía agrava así una crisis que se prolonga desde hace años y que corre el riesgo de aumentar en un 30% el número de personas que necesitan ayuda humanitaria de aquí a 2022, pasando de los 5,9 millones actuales a 7,7 millones.



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Por CAtolicos

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